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La Parranda Imposible By Rembrandt y Alejandro Santiago

1 Noviembre 2013 – 4 Enero del 2104

Uno de los padres del arte del grabado es sin lugar a dudas Rembrandt (1606-1669), muy pocos pintores de renombre veían en las técnicas de la estampa más allá de una herramienta para hacer copias en blanco y negro de su obra o para ilustrar libros. Nombres como el del alemán Durero o el del francés Callot, ya habían adoptado una posición ante la xilografía o el grabado en metal que inmediatamente asumió Rembrandt: se trataba de un arte con personalidad propia, con cualidades visuales y estéticas intransferibles a otras técnicas y por lo tanto, con un lenguaje capaz de expresar ideas, emociones e imaginaciones en una tesitura muy distinta a la pintura. Como Rembrandt había estado obsesionado en el campo pictórico siempre por la luz y los claroscuros, le resultó natural el salto a este mundo en blanco y negro, donde sus investigaciones lumínicas y su expresión potenciada por los altos contrastes resultaban plenas y naturales. Nuestro pintor era un excéntrico y no lo iba a detener en su capricho gráfico el hecho de su bajo valor comercial en la época, simplemente, era un espacio donde podía jugar con su dibujo, autorretratarse en gestos exagerados como el célebre grabado soplando y hasta en provocadoras imágenes como en la que se representó a sí mismo como un mendigo.

Alejandro Santiago (1964-2013) era tan extravagante como el holandés del siglo XVII y con desparpajo solía decir, me hacen sombra Leonardo, Rembrandt y Picasso, de los demás soy competencia. Con Rembrandt compartió el gusto por la gráfica y la practicó en todas sus técnicas, muchas de ellas que ni siquiera existían en tiempos del maestro holandés, como la serigrafía, en donde supo llevar a un extremo también sus reflexiones sobre la luz, al usar los dorados en contraste con los negros, planteando una solución genial y de modo contemporáneo las búsquedas del holandés, en algunas de cuyas composiciones, los cuerpos desnudos de la mujer parecen ser las lámparas o astros que iluminan la escena del cuadro.

Ambos fueron coleccionistas incansables de objetos artesanales y hermosos, de los acervos atesorados por Rembrandt se ha llegado a decir que eran enciclopédicos, pues atesoraba cuanto objeto traían los barcos al puerto de Amsterdam. A su vez, Alejandro tenía en casa desde urnas prehispánicas, hasta la maqueta en escala de la fuente que Chávez Morado diseñó para el Museo Nacional de Antropología, litografías de Francisco Toledo o dos costillas monumentales de una ballena, que alguna vez expusimos en una muestra de día de muertos en el museo que fundó: El Espacio Escultórico La Telaraña. Ambos también fueron asiduos a las mujeres como tema de su obra, irreverentes en el trato con sus amigos y familiares, apasionados de la diversión festiva y de levantar la copa. Siendo uno indio Zapoteca del pueblo de Teococuilco, y el otro maestro de familia pequeño burguesa de Leiden, también fueron y vivieron profundamente distinto, pero su pasión por el arte y las coincidencias de carácter, le dan a esta exposición gráfica un tono de tertulia entre dos exóticos, un ritmo de parranda imposible pero cierta.

Fernando Gálvez de Aguinaga

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